José Luis Valle, ingeniero del Instituto Geográfico Nacional desplazado en La Palma. / STAVROS METETLIDIS

Un ingeniero extremeño mide las deformaciones del volcán de La Palma

José Luis Valle Pastelero es miembro del Instituto Geográfico Nacional y trabaja en la zona de exclusión siguiendo el movimiento del magma y controlando los equipos de medición

Ángela Murillo
ÁNGELA MURILLO

Un extremeño vigila de cerca los movimientos del volcán de Cumbre Vieja, que en las últimas horas mantiene en vilo a los habitantes de La Laguna y ya son más de 7.000 las personas evacuadas en la isla. José Luis Valle Pastelero realiza mediciones a 25 metros de la colada de lava y a solo kilómetro y medio del cono eruptivo.

Este ingeniero nacido en Jerez de los Caballeros hace 45 años pertenece a los equipos desplazados a La Palma por el Instituto Geográfico Nacional (IGN). Trabaja en la zona de exclusión. Allí donde llueven piroclastos y solo pueden adentrarse científicos, militares de la UME, bomberos o guardias civiles. «Llevamos máscaras adecuadas al tipo de gases peligrosos, pero la situación no está exenta de riesgos. Procuramos no acercarnos demasiado cuando hay una fase efusiva fuerte». Para recoger colada tienen que acercarse al frente de lava y lo hacen «con todas las precauciones».

José Luis estudió Topografía e Ingeniería de Obras Públicas en la Universidad de Extremadura y hace dos años aprobó una oposición del IGN y se marchó a vivir a Toledo. Una vez dentro de este organismo creado en 1870 se sintió atraído por la vulcanología y así fue como se especializó en geomagnetismo. «Es una de las siete técnicas que forman parte de esta ciencia. En La Palma me ocupo del cálculo de deformaciones en de la corteza terrestre mediante técnicas GNSS». Sus compañeros comenzaron a realizar estas mediciones incluso antes de la erupción ocurrida el 19 de septiembre.

«Los datos que se tomaban cuando comenzó la crisis sísmica ya indicaban que había muchas posibilidades de que el volcán terminase en una fase efusiva». José Luis reitera lo que muchos expertos vienen repitiendo en los medios de comunicacion desde que el volcán palmero comenzó a escupir lava, cenizas y gases. «La vulcanología no es una ciencia exacta y no se puede predecir cuándo terminará la erupción; pero se pueden minimizar los riesgos para la población, como se ha hecho hasta ahora». Al no haberse registrado víctimas, considera que el trabajo se ha hecho bien, aunque «quizás se podría haber evacuado algunas zonas con mayor antelación». De todas formas, deja claro que eso «no es una decisión de los científicos». En las últimas jornadas la situación se ha complicado por el rápido avance de la lava de La Lagua, que tien una «mayor densidad de población que Todoque», el barrio arrasado por las lenguas de magma que crearon la fajana.

Él y sus compañeros se alojan en apartamentos turísticos de Los Llanos de Aridane, a 8 kilómetros en línea recta del epicentro eruptivo. «El volcán se ve perfectamente y el sonido nocturno impresiona. Es como una tormenta continua».

Ahora que tenemos la sensación de que salen vulcanólogos de debajo de las piedras por la cantidad de expertos analizando la situación ante los medios, José Luis asegura que no son tantos los especialistas que hay en España. «Es cierto que en las universidades hay vulcanólogos y en el IGN y otros organismos también, pero la mayoría son geólogos o físicos que se han especializado». Ver de cerca el volcán ha despertado aún más el interés del extremeño por la vulcanología. «Es imposible conocer las siete técnicas que abarca. Por eso hay sismólogos, geólogos, geoquímicos, físicos, matemáticos...».

En cuanto a su método de trabajo, José Luis cita las estaciones de control. «Con la nube de ceniza que va variando tenemos que asegurarnos de que todos los equipos instalados funcionen bien. Nos proporcionan los datos para hacer el análisis diario. Ahora mismo mi trabajo se centra en asegurar que todos esos equipos estén funcionando y en determinar las deformaciones».

El extremeño explica que esas deformaciones están provocadas por el propio magma, la sismicidad y la actividad del volcán.

En cuanto a la difícil situación que atraviesa la población palmera, el ingeniero se muestra sorprendido por cómo la están encajando. «Ellos son conscientes de dónde viven porque saben que La Palma es la isla más joven de las Islas Canarias y ha sufrido las últimas erupciones terrestres en el país. A pesar de que muchos lo han perdido todo, tienen ganas de levantarse y fuerza para cuando esto termine. Están muy agradecidos a todo el personal que estamos trabajando aquí».

Los miembros del IGN y otros expertos continuarán su labor en La Palma incluso una vez que haya terminado la erupción, ese ansiado momento para detener la devastación. Hacen turnos rotatorios de una semana. «No nos dejan estar más tiempo porque trabajamos desde temprano hasta la noche y se hace muy pesado». Él llegó el 14 de octubre, después se registraron terremotos de hasta 4,8 grados de magnitud. «Algo que es habitual dentro del proceso eruptivo. Tienen el epicentro a más de 30 kilómetros de profundidad».