Más de la mitad de las localidades que tienen de cinco a diez mil residentes ha perdido población, señala el Profesor de ka UEX y jerezano, Antonio Pérez.
Más de la mitad de las localidades que tienen de cinco a diez mil residentes ha perdido población, señala el Profesor de ka UEX y jerezano, Antonio Pérez. / P.D.

La despoblación también castiga a los pueblos grandes

  • Una de cada tres localidades de la región con más de 5.000 habitantes ha perdido vecinos en lo que va de siglo. Jerez de los Caballeros ha visto descender su población cerca de un 1%

La despoblación en Extremadura no es patrimonio de los pueblos pequeños. También los grandes sufren este problema que lleva años fustigando al ámbito rural sin que la administración haya encontrado una solución por más debates, jornadas y comisiones que ha organizado. «Acabaremos viendo cómo Badajoz, Cáceres, Mérida o Plasencia dejan de ganar población o incluso la pierden», pronostica Antonio Pérez, profesor de Geografía de la Universidad de Extremadura (Uex).

El experto hace su pronóstico cuando se ponen encima de la mesa algunas de las cifras recogidas por el Atlas Socioeconómico de Extremadura 2017. En este extenso documento presentado el pasado jueves hay unas cuantas páginas dedicadas a analizar qué ha ocurrido en los padrones municipales de la región en lo que llevamos de siglo. Y lo que ha pasado se resume en un extenso catálogo de números que implican una lectura negativa.

Ahí va uno: en el año 2000 había en la comunidad autónoma 89 municipios con menos de quinientos habitantes, y al acabar el pasado ejercicio ya eran 115. Este dato se explica porque como es sabido, cada vez vive menos gente en los pueblos chicos. En este sentido, conviene recordar que el criterio compartido por la mayoría de expertos en demografía es que toda localidad que cuente con menos de quinientos vecinos está abocada a desaparecer. Hay quien es menos generoso e incluye en este grupo de los sentenciados a todos los que no llegan al millar.

Pero del declive no se escapan los que no son tan pequeños. De los 37 municipios extremeños con más de 5.000 vecinos, 13 tienen ahora menos residentes que en el año 2000. O sea, uno de cada tres -el 35%, exactamente- han visto menguar su padrón.

Y si el foco se pone en las localidades que tienen de 5.000 a 10.000 vecinos, la conclusión es aún más esclarecedora. Son 24, y 13 de ellos -es decir, más de la mitad, en concreto el 54 por ciento- han visto recortada su población en lo que va de centuria.

Talayuela perdió un 22%, Castuera y Cabeza del Buey un 15%, Moraleja un 13%, Campanario y Oliva de la Frontera un 10%, Valencia de Alcántara el 9%, Arroyo de la Luz y Azuaga un 8%, Guareña y San Vicente de Alcántara un 5%, Alburquerque casi un 4% y Jerez de los Caballeros cerca del 1%. Se quedan a las puertas de entrar en este grupo Jaraíz de la Vera y Fuente del Maestre, que crecen un 0,2% y un 0,7%, respectivamente.

«La tendencia a perder habitantes -reflexiona Antonio Pérez- es algo que nuestra comunidad autónoma viene padeciendo desde hace años, y se debe a varios motivos, entre ellos a la caída de la tasa de fecundidad (número medio de hijos por mujer), que evidentemente afecta a la de natalidad (nacimientos), y esto es algo que está lastrando a una mayoría de municipios, al margen de su tamaño».

Se salvan de la quema solo las localidades más grandes. De las catorce primeras, todas han ganado población en lo que va de siglo, aunque hay diferencias claras entre unas y otras. En este capítulo, nadie le discute el liderazgo a Almendralejo (más de 34.000 habitantes), que tiene ahora un 25 por ciento más de vecinos que al inicio del siglo.

Los otros estirones llamativos los han dado Don Benito (18 por ciento de incremento), Mérida (17%), Cáceres (16,5%) y Navalmoral de la Mata (16%). El padrón de Olivenza creció un doce por ciento, el de Zafra un once, el de Badajoz y Plasencia un diez, el de Villanueva de la Serena un nueve, un ocho el de Trujillo, un seis en Miajadas, un cinco el de Villafranca de los Barros, un cuatro en Los Santos de Maimona, un tres en Coria y Montijo un dos por ciento.

La emigración

La regla, que como es habitual tiene sus excepciones, es que cuanto más pequeña sea la localidad, más población va perdiendo. «La emigración, que en otras zonas del país ayuda a compensar la caída de las tasas de fecundidad y natalidad y el crecimiento natural (diferencia entre el número de nacimientos y el de muertes) negativo, en Extremadura apenas tiene peso», argumenta Pérez.

Él, que ha escrito varios libros que abordan la cuestión demográfica en la comunidad autónoma, tiene claro que «si la realidad socioeconómica de nuestra región no cambia de manera sustancial, acabaremos viendo cómo se detiene el crecimiento en los sitios más poblados, que son los que hasta ahora vienen resistiendo el golpe».

«Almendralejo -detalla el experto de la UEx- sube un 25% su población principalmente porque está atrayendo a gente que vive en pueblos de la comarca de Tierra de Barros, que es una de las más dinámicas desde el punto de vista económico, probablemente la más dinámica de la comunidad autónoma junto a las Vegas Altas».

Además, él no es demasiado optimista sobre el futuro. «Cuando pase la crisis -plantea-, la gente de muchos pueblos no se va a ir a vivir a Badajoz, Cáceres, Mérida o a Plasencia, que en líneas generales andan más bien escasas de industria, lo mismo que la región en su conjunto, sino que se irá a Madrid, a las grandes capitales españolas, cuando no al extranjero, que de hecho es lo que están haciendo desde hace tiempo un número apreciable de jóvenes».

Lo más parecido a un remedio pasa, en su opinión, por la instalación de industrias, y esto es difícil si no se produce un cambio de mentalidad, defiende Pérez. «El remedio para la despoblación -sugiere- es crear puestos de trabajo, y el empleo lo genera principalmente la industria, pero aquí ocurre que cada vez que tenemos la suerte de que nos elijan para un proyecto importante, el empresario se topa con inconvenientes, principalmente de tipo medioambiental».

«Ha pasado con la refinería, ha pasado con el proyecto hotelero en Valdecañas y con varias fotovoltaicas», detalla el profesor, que recuerda una máxima comúnmente aceptada en el ámbito económico: «El dinero busca seguridad, no riesgos». Y esto, apunta, se acaba de comprobar con la fuga de empresas en Cataluña.

En su radiografía hay un elemento más: el futuro de los negocios ligados al campo. «Mientras existan primas, ayudas y demás -concluye Antonio Pérez-, las empresas agrarias, que son mayoría en Extremadura, irán sobreviviendo, pero llegará un momento en el que la PAC (Política Agraria Comunitaria) recorte todas esas subvenciones, porque antes o después la Unión Europea tendrá otras prioridades, y entonces, cuando eso pase, el golpe a la demografía de nuestra región será aún mayor que el que hemos visto hasta ahora».

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