Jerez de los Caballeros, borrachos de belleza

Jerez de los Caballeros, borrachos de belleza

  • Es tal la profusión de arte y arquitectura que el viajero acaba emocionándose

Jerez es una de esas ciudades tan bellas desde lejos como desde dentro. Jerez de los Caballeros destaca protagonizando vistas panorámicas y emociona cuando la recorres y te dejas llevar por su apabullante tesoro de torres, retablos, palacios, arcos y calles. Subes, bajas y en cada esquina se repite un ¡oh! de asombro producido por esta joya monumental extremeña, que ya en 1966 era declarada conjunto histórico artístico.

La mejor manera de encarar la entrada en Jerez es llegando desde el sur. Ya sea desde Fregenal, ya sea desde Zafra, la visión de conjunto del casco monumental es imprescindible para animar al viajero a iniciar el recorrido por estas calles empedradas y laberínticas que exigen un esfuerzo físico, pero proporcionan una recompensa generosa.

Junto a la piscina municipal, las excavaciones de la villa romana El Pomar nos recuerdan que Jerez ya era un pueblo importante en los primeros siglos de nuestra era. El dolmen del Toriñuelo, monumento nacional desde 1926, nos avisa de que la zona ya estaba poblada en el tercer milenio antes de Cristo y una inscripción en una columna de mármol de la Iglesia de Santa María nos confirma la importancia de la villa durante el periodo visigótico. Xerixa será población relevante musulmana, según certifica el geógrafo árabe Al-Idrisi. Pero más allá de prerromanos, romanos y visigodos, es la reconquista cristiana por Alfonso IX de León en 1230, unos meses antes de su muerte, y su donación a la Orden del Temple lo que sitúa Jerez en el vértice de la historia.

Arco del Castillo.

Arco del Castillo. / E.R.

Los templarios reforzaron el castillo, construyeron la muralla y la iglesia de San Bartolomé y rebautizaron la plaza fuerte: dejó de ser Xerixa para convertirse en Xere Equitum, o sea, Jerez de los Caballeros, cabeza del poderoso Bayliato templario con su fuero propio y su poderío incontestable. Al ser disuelta la Orden del Temple, en 1312, la guarnición templaria jerezana se resistió a tal decisión y fue masacrada.

En un periodo de trece años maravillosos, se levantan sus tres torres irrepetibles

Visitamos la fortaleza y su espeluznante torre del homenaje o Torre Sangrienta, donde se cree que fueron decapitados los últimos templarios. Así que impresionados tras imaginar la escena en su escenario, damos un paseo por el agradable parque del castillo, admiramos la casa consistorial del siglo XVI, el ventanal de la Casa del Corregidor y descendemos por una suave cuesta que, tras cruzar un arco, nos deja en el interior de este casco urbano que, durante los siglos XV y XVI, fue llenándose de palacios, iglesias, ermitas y conventos.

Jerez ya era cabeza de partido santiaguina pues a dicha orden había sido donada en 1370 por el rey Enrique II, rango que la situaba al nivel de Mérida y Llerena. Pero Carlos V la subió de nivel al declararla Muy Noble y Leal Ciudad, que la equiparaba a Mérida y a Badajoz. En ese tiempo, numerosos jerezanos contribuían a la colonización americana, singularmente Núñez de Balboa y Hernando de Soto.

En este contexto, que nos aclara, por si lo dudábamos, la importancia histórica del lugar donde nos encontramos, tiene lugar en Jerez un fenómeno de exaltación estética barroca que se sustancia en el conjunto de iglesias parroquiales de la ciudad. Se van a combinar los preceptos cultos del estilo barroco con sus tendencias populares y las influencias andaluzas con las americanas. Este cóctel de maravillas provoca que, en un periodo de trece años maravillosos e irrepetibles, se levanten las tres torres que convierten Jerez de los Caballeros en una de las maravillas de Extremadura. A saber: la torre de la parroquia de San Miguel, la torre de San Bartolomé y la torre de Santa Catalina.

Quizás influya en esta vorágine de belleza la necesidad de reparar los daños provocados en las iglesias por el terremoto de Lisboa de 1755. Sea como fuere, hoy podemos disfrutar de estos monumentos y admirarlos hasta parecernos increíble que se pueda condensar tanta maravilla en un paseo que comenzamos junto al castillo, donde se levanta la iglesia de Santa María de la Encarnación, la más antigua de la ciudad, la de la columna visigótica antes mentada, levantada en el XVI y con una torre que debería haber sido la cuarta maravilla jerezana, pero se acabaron los fondos y solo se levantaron tres

Admiremos la primera, en la plaza de España, donde las terrazas, los bares y el ambiente: iglesia y torre de San Miguel, adornada con azulejos y terracotas y con un retablo mayor, donde destaca la imaginería del gran maestro Francisco Ruiz Amador, y un coro bajo con sillería renacentista. Ascendemos por calles empinadas y llegamos a la segunda torre fabulosa: la de la parroquia de San Bartolomé, de similar estructura y hechura que la de San Miguel, pero con una portada que casi parece retablo por sus paneles de azulejos figurando santos venerables y con un magnífico órgano barroco. Descendemos, en fin, y llegamos a la tercera torre tremenda, de transición al neoclásico: Santa Catalina. El retablo de esta iglesia es espectacular y refleja el dinamismo escultórico jerezano durante el siglo XVIII, cuando el desarrollo demográfico y económico de la ciudad permite remozar templos y decorarlos y amueblarlos con lujo.

El viajero, a estas alturas de la visita, empieza a emborracharse de belleza y quizás convenga un poco de resuello visitando el Centro de Interpretación Casa Natal Vasco Núñez, donde cambiamos de registro sin dejar de disfrutar, o el Museo de Arte Sacro del Palacio de la Vicaría.

Aún nos falta visitar las seis sencillas ermitas de la ciudad y su entorno, la capilla de la venerable Isabel de la Cruz, el hospital de transeúntes de San Bartolomé, los nueve conventos y nueve palacios y las cuatro fuentes de interés. En Jerez, paseando y admirando, la sucesión de asombros es tal que uno necesita descanso y asimilación, cambiar de actividad y conocer, por ejemplo, la rica gastronomía local: la chacina, la caldereta, el bollo turco (almendra, azúcar, huevo, limón y obleas)… Y recetas tan significativas como el lomo al uso templario, que tiene la gracia de que los filetes de lomo de cerdo, tras ser pasados por una sartén con manteca, se aderezan con pimienta negra, almendra rallada, zumo de naranja y azafrán y luego se cuecen 15 minutos. El pavo trufado y los desenfados son, con la anterior, recetas jerezanas recogidas por la Cofradía Extremeña de Gastronomía.

Nos despedimos de Jerez admirados y satisfechos. Hemos de volver a disfrutar de su Semana Santa espectacular, del Salón del Jamón Ibérico en mayo, del Festival Templario en julio, de las 'velás' veraniegas de sus barrios y de las fiestas mayores de San Bartolomé en agosto. Pero ahora debemos seguir viaje pues nos espera otra joya de Badajoz: Fregenal de la Sierra.

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