La Charca de la Albuera, 300 años después

  • "El celo por los vecinos indicaba que en modo alguno lo pescado en los arroyos y charla de La Albuera se venda fuera del término de la ciudad, porque debe ser para alimento de los jerezanos"

Tengo en mis recuerdos infantiles referencias de ese rincón bucólico, espacio acurrucado entre montañas amables que resultaba tan provechoso a nuestros antepasados. Personajes de mi familia como mi tío-abuelo Francisco Correa Gamero, conocido como “Lagartijo”, o mi padre, fueron pescadores con cañas sisadas en los regatos. Usaban cebos sacados de la tierra, lombrices que iban a parar al calabazo con tierra bastante para que permanecieran vivas. Mi abuelo Feliciano, gran nadador, socorrió a una lavandera, recuperando del fondo la moneda de plata que su marido había ganado y cayó del pantalón que lavaba.

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F / eliciano Correa.

En los siglos precedentes en estas tierras de secano y guerras, las carencias fueron compañeras de la mayor parte de los jerezanos. Por eso y por la necesidad de hallar una reserva de agua que pudiera garantizar la molienda en los arroyos que están debajo de la presa, se pensó en construir este embalse.

Cuando publiqué “Las ordenanzas municipales de 1758” recogí noticias sobre el lugar que demuestra la preocupación de los gobernantes por cuidar esa alacena de pescado fresco. De tal modo que el Título Diez y Capít. 1º, dice: “De los pescadores y de las riberas, y Albuera de esta ciudad y precio a que deben vender el pescado”, señalando que se venda al precio que el Caballero Regidor Mesero les señalare. Del mismo modo se prohíbe percudir las aguas con productos que maten a los peces, porque dice “adormecen los referidos pescados e infringen daño a los ganados que beben sus aguas”.

El celo por los vecinos indicaba que en modo alguno lo pescado en los arroyos y charla de La Albuera se venda fuera del término de la ciudad, porque debe ser para alimento de los jerezanos.

No me resisto a escribir aquí lo que se indica con gran acierto en el Capít. IV, de este mismo Título, al determinar lo siguiente: “Ordenamos y mandamos que desde el primer día de marzo de cada año ninguna persona de cualquier estado o condición que sea, pesque en las Riberas de Ardila. Goolin, Menferre, Albuhera (sic) y otras aguas de la ciudad, hasta primero de junio, con ningún género de red, según está prohibido por las leyes de estos reinos”. Esta disposición se viene cumpliendo, razón por la que el tenido como el más antiguo concurso de pesca en España en agua dulce no comienza hasta junio.

Su construcción

En mi obra “La Minuta de Núñez Barrero”, manuscrito de este sacerdote que salvó información del archivo por su celo en preservar los datos históricos de la ciudad, cuenta que “En el año 1677 se acordó hacer la Albuera”. Esta noticia es muy importante. Pues resulta que desde entonces han pasado 341 años, y esto es perfectamente coherente con que en el año 1718 (hace trescientos años ahora), ya se estuviera pescando. Incluso a mi parecer antes de esa fecha. Pero parece que la obra no se comenzó en 1677, sino algo después, pues así se recoge en otro Acuerdo del Concejo que dice: En mayo de 1680 se dio principio a la obra de La Albuera, que se remató en tres mil ducados a favor de Antº. González y Francisco de la Iglesia, maestros Alarifes, con la obligación de que la Ciudad les había de dar en aquel sitio la piedra y la arena suficiente a costa de los vecinos. Después acordó la Ciudad que para librar a los vecinos del trabajo de sacar y conducir las piedras y la arena, se ajustase de nuevo con dichos maestros, y se ajustó en 20 mil reales, mandando que cada vecino diese lo que fuese su voluntad…” Asegura el cura Núñez Barrero que “el día 5 de enero de 1691 se continuó la obra de la Muralla de la Albuera, por el maestro albañil José González Cervigón”, lo que evidencia que, a pesar de los problemas de interrupción que pudiera haber, once años después del inicio siguieron las tareas de elevación de ese robusto muro. Faenas que debieron ser muy difíciles, dado el desnivel desde el arranque del fondo del cauce, y por la necesidad de acopiar mucho material de peso. Así podía resistir envestidas de arroyos como el Casabay, que aportaba gran cantidad de agua en poco tiempo en algunos inviernos.

Como estamos de celebración justo es recoger aquí estas noticias, para honrar a nuestros antepasados por habernos legado un monumento que tanto esfuerzo supuso hacer: “El 12 de mayo de 1693 se ajustó con el maestro alarife Juan Bautista Machado, el levantar ocho varas y concluir la muralla de la Albuera en precio de cuarenta mil reales”. Esto quiere decir que ahora debemos celebrar -en lo que se refiere a la muralla- los 325 años de su conclusión. Sugiero a la alcaldesa de nuestra ciudad y a la concejala de cultura que con este motivo tan señalado se coloque un panel de cerámica recordando fechas y los nombres que nos han llegado que hicieron posible el monumento, para honrar a aquellos albañiles, a los regidores y al pueblo que la hizo posible. Todavía pareció a los regidores que este embalse podía albergar más agua para abastecer las necesidades de los molinos, y se acordó por la ciudad el día 20 de septiembre de 1717 “levantar una vara más a la Muralla de la Albuera, a costa de los Molinos del Arroyo, que costó 2.494 reales, que pagaron entre los dueños de los molinos”. Esta información nos refuerza la vieja idea de que la charca es del pueblo, pues también hemos visto la contribución popular con arena, piedra o dinero. Mucho era el celo por mantener sus aguas cristalinas para la cría de peces, de tal forma que al mismo tiempo que se prohibía pescar con redes para que no se sacasen los peces pequeños, se mandaba el 14 de junio de 1702, por acuerdo de la Ciudad, que “por término alguno se permitiese jamás a persona alguna (sin excepción) sembrar en los Egidos de San Lorenzo por el perjuicio que ello puede resultar a La Albuera”. En efecto el laboreo del campo próximo acarrearía una acumulación por arrastre de tierras sueltas en el vaso de la charca.

La charca es de los jerezanos

Requeriría otro espacio donde contara mis experiencias en las visitas a la charca. A veces acudo solo para sosegarme con el palpitante vaivén de sus aguas. La rodeo siempre, parándome a imaginar su vida de siglos. Otras veces, en las noches de pesca, recuerdo las bromas de unos y otros, la “Zona Nacional”, señalada con humor por los hermanos Caballo y otros, cuando el socialista Rodríguez Ibarra iba a pescar. Las voces aludían al buzo que “el presidente se traía”. O la estampa de Jesuli con su capillita a la Virgen de Aguasantas, las bromas de Pedro Narváez, José Luis Valle y otros tantos sucesos de humor y buen alimento que aquí no me caben contar. Un rincón al que en otra ocasión me referiré es la “basílica-molino” que como espacio molinero se haya construida junto al muro, hoy no visitable pero que sería ocasión de adaptarla como mesón para servir pan con peces, recordando la molienda y el agua que da vida al pescado.

Así que concluyo reforzando la idea de que si jurídicamente la charca ahora es del pueblo, siempre lo fue de hecho. Volvió en el año 1988 a manos públicas. La compró la Junta de Extremadura. Una enorme pancarta lo señalaba “¡Enhorabuena, ya es nuestra!” Fue un acierto aprovechar ese momento para proceder al vaciado y limpieza del material acumulado en el fondo. Los trabajos se realizaron en el año 1990. Otra pequeña limpieza debió hacerse entre 1781- 1784, pues en las Cuentas de Fábrica de la Parroquia de San Bartolomé se habla del molino que la parroquia tenía allí, diciendo que “estuvo cerrado algunas temporadas a causa de romperse la zúa para limpiar la Albuera”.

Quiero cerrar indicando a la Corporación de Jerez que prepare informe para solicitar la protección de esta Albuera (mar pequeño según los árabes), y su Molino Adosado, como Bien de Interés Cultural (BIC), en la categoría de Monumento, como me consta han logrado ya tal declaración otras presas de semejante o incluso inferior importancia constructiva e histórica.

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